Cuentos: Ariadne













Ariadne nació con la lluvia en mayo y la luna llena, con el augurio de que enfrentaría épocas difíciles por varios años. El hechizo se rompería cuando lograra amar de verdad y sus lágrimas purificaran un sacrificio en su honor. Una historia que se contaba en los alrededores de San Petersburgo y nadie lograba confirmar o desmentir. También se decía había nacido de sangre real, pero por el hechizo que cargaba fue exiliada a vivir en una casucha lejos de las personas.


Esas leyendas que se tejen alrededor de una persona cuando no hay quien se digne en probar su veracidad... Su casa oculta en las afueras de la ciudad donde se encargaba de su propio mundo, tejiendo sus sueños que se volvían pesadillas cuando intentaba realizarlos, prefirió la soledad antes de enfrentar un mundo que no le agradaba, tenia sus razones claro esta, ninguna que este narrador pueda igualar.

Él por otro lado, nació en días soleados condenado a caer al infierno cuando muriera. Su padre le había vendido al regente del inframundo al momento de nacer para saldar la cuenta pendiente de su maldita alma la cual hace mucho había perdido. Su maldición solo se rompería si lograba otorgar felicidad sincera a alguna persona que le amara, al morir así ganaría la entrada a los Campos Eliseos.

El vagar buscando su redención le llevo a San Petersburgo cuando la nieve blanca cubría la ciudad como una sabana lisa. Sus viajes en busca de acabar la maldición lo único que le habían hecho ganar era una enfermedad que amenazaba con llevarlo a rastras a la muerte y a su destino fatídico. En esas condiciones una noche de tormenta viajando en su blanco corcel fue a dar a la puerta donde Ariadne residía... Enfermo y agravado por el frío busco refugio en esa casa de madera tan vieja.

Con desconfianza Ariadne le recibió, la enfermedad de ese viajero era grave y por lastima decidió darle posada por unos días. La tormenta parecía no tener fin, por esa razón no tuvo más remedio que permitirle quedarse... Esa tempestuosa tormenta tardo 3 días y sus noches, tiempo en el cual el viajero comenzó a sentir un especial afecto por Ariadne.

En contraste con los lentos días de tormenta que parecían eternos le siguieron otros días que se esfumaron como espuma en el mar, el tiempo juntos era mágico, el viajero ni siquiera notó que ya habían pasado semanas desde que pidió estadía temporal para curarse de sus males. Los días con Ariadne le hacían feliz, pero ella no parecía estar del todo bien con su presencia, ella parecía no sentir, no lograba sonreír aunque compartieran ahora tanto y de tan buen modo.

Su enfermedad no mostraba tantos síntomas pero él sabía su tiempo se agotaba, con la muerte cerca decidió marcharse a tratar en ese poco tiempo de acabar con su maldición para volver al lado de esa mujer que le dio su hogar y le había robado su corazón... Trato de explicar por que razón tenia que marcharse, pero Ariadne notando como otro de sus sueños estaba a punto de volverse pesadilla no se tomó el tiempo de escucharle y le ordeno se largara.

El viajero como ultimo regalo a la misteriosa mujer que lo encantó removió su corazón conservándolo en una urna de cristal y dejándolo en la habitación donde ella dormía. –Si ella robó mi corazón será mejor que lo conserve—se dijo. Ya no necesitaba su corazón solo lo dejo atrás y continuó el viaje a todo galope para no mirar atrás.

El agujero en su pecho donde una vez estuvo el corazón que le regalo a Ariadne no dejo de sangrar por el dolor y tanto fue así que en la hemorragia su caballo se tiño de rojo... Él murió, su cuerpo y su alma se dirigieron al infierno, por fallecer sin lograr romper su maldición. Para cuando Ariadne comprendió lo que significaba ese congelado corazón en una urna de cristal ya era demasiado tarde... le quiso buscar pero no podría hallarle, el ahora era un esclavo del señor oscuro.

El caballo del desconocido anduvo varios días perdido entre la nieve, camino sin rumbo hasta alcanzar la los límites de la ciudad donde Ariadne aun miraba ese gélido corazón que le obsequiaran días atrás... Escucho el ruido de los cascos y salio al patio observando un caballo rojo sangre, luego de un momento le reconoció, era el caballo de aquel errante, le abrazo aun estando en ese tono escarlata, y extrañó a ese “desconocido” que le quiso mostrar el mundo... Así lagrimas brotaron de sus ojos por primera vez por amor, lagrimas que lavaron el teñido cuerpo del corcel tornándolo un ligero rosado como sus mejillas cuando el frío viento las dañaba.

El corazón congelado de la urna que aun estaba en la habitación de Ariadne latió una vez más. Y a pesar de las lágrimas saladas en sus mejillas logró sonreír por comprender cuanto le apreciaba ese “desconocido”. Ariadne fue feliz por un instante recordando el breve espacio que compartieron juntos.

El demonio falló al llevarse un cuerpo incompleto. El viajero aun vivía en la tierra, un congelado corazón era la evidencia... Un corazón que volvió a vivir cuando Ariadne tuvo su breve momento de amar y genuina felicidad. Si Él no estaba totalmente muerto ni completo en el infierno, el trato debería romperse. El demonio debió liberar a su esclavo y así la maldición se rompió, el alma del errante y su cuerpo partieron a los Campos Eliseos saldando así la deuda.

Esa noche Ariadne conoció el amor, también lloró por el sacrificio del desconocido rompiendo así el hechizo. Su suerte mejoró y fue reconocida como la princesa que era antes de ser desterrada a esa casucha olvidada. El pueblo le recordaría como la Princesa de un Corcel Rosado. El cual siguió manteniendo por muchos años.

En los Campos Eliseos el desconocido le espera, algún día habrán de estar juntos, el destino podrá tardar pero cumple. No hay males eternos ni injusticia sin cobrar. La felicidad puede estar a la vuelta de la esquina o en una solitaria casa olvidada.

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