Alcohol y agua (relato de un viajero en el tiempo)

Fue uno de esos días cuando parece necesario ordenar, en el living se colgaban telarañas y en los cajones se amontonaban crujidos y lamentos de épocas pasadas. Ni hablar de la pieza de la habitación…. Olía a ella por todas partes, quizás la lluvia se coló demasiado por entre las cornisas y la humedad trajo su perfume.

¿Ese perfume sería de ella o era solo su recuerdo? Tal vez era su forma de llamarla pues los años pisotearon fuerte en las tejas de su humilde hogar-prisión (como así lo llamaba él), ahora todo parecía lejano, pero por otro lado parecía más real. Cerraba sus ojos y estaba esa tarde en la calle cuestionándose sobre cual vereda seguir para llegar a visitarle. Los abría de nuevo y estaba frente a las telarañas del living. 

Jugaba pues, a viajar por el tiempo, no tenía nada que envidiarle a H.G Wells, sus viajes eran más reales que los que cualquier narración pudiera explicar… por otro lado eran sus viajes, punto… tan vívido como la voz de su doncella, tan doloroso como las despedidas de su bruja. 

Dos horas más, se trasladaba a la madrugada en su exilio, al otro lado del teléfono brindando con whiskey a su solitaria salud; abría los ojos y los cajones de su hogar lo recibían diciéndole que no se había marchado por tanto tiempo. Transitó de ese modo cada página de sus memorias jamás escritas, caminó de ese modo por las calles de sus alegrías en tecnicolor y los escondrijos a blanco y negro de sus tristezas. 

Nunca tuvo el valor para tomar un papel y plasmar sus poesías, adornarlas y elevarlas a cuentos, o llenar la libreta roja que le heredaron para dar vida a una novela. Estaba muy ocupado siempre decía, no parecía estarlo pero para nosotros fue complicado… El estaba ocupado de verdad, viajaba, se perdía, regresaba. Pero nunca movía un musculo desde su asilo y descanso. No consideró pertinente trazar hojas con sus vivencias, pues aunque nosotros no comprendimos, continuaba reviviéndolas día tras día. 

Una vez cuando se acercó el ocaso a su puerta me dijo con voz baja como despidiéndose de incognito: Mirá Aldo, yo de joven viví entre alcohol felicidades y dolor, el dolor se va y aprecias más las alegrías, en cambio el alcohol se disipa y se vuelve agua. Por eso yo no escribo mis memorias, pues están hechas de ese mismo material… Alguien olvidara mi dolor, y mis alegrías entre alcohol se disiparán cuando las dejen destapadas.



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